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MINIRRELATOS A VUELA PLUMA.
LA CARTA
Toda la noche pensando en escribirte la carta más larga y hermosa que existe. De amanecida, en mi escritorio, ante la inmensidad del papel en blanco, escribía con la pluma de siempre. Al ir a mojarla, por segunda vez, de tanto frío como hacía, la tinta del tintero se había congelado. Sólo tuve tiempo de escribir: “Amor mío: En esta madrugada de carámbanos, te deseo...”
LA CABAÑA DE LA PASTORA
La pastora que suele acompañarme en los pastoreos de la vida, tiene una cabaña hecha de ramas de chopos, de espadañas, de pieles de cordero y conejo, de rosas y claveles. Es una cabaña confortable en el verano y nos da sombra y frescura cuando más arde el sol. Una tarde de siesta de fuego, la pastora me invitó a vino fresco y a queso. Se está muy a gusto con la pastora dentro de la cabaña y yo no dejaba de admirar la bonita decoración silvestre del aposento, la habilidad artística de su dueña. La pastora dijo que me diera la vuelta porque se iba a cambiar de vestido. Cuando avisó, me volví y pude ver cómo su cuerpo desnudo brillaba como el de una diosa. “Me he puesto el vestido de Eva ¿Te gusta?” Me quedé petrificado y sólo pude decir que mi rebaño se estaba descarriando. Al día siguiente la pastora comentó que no me volvería a invitar a su cabaña porque soy demasiado romántico.
LO SUBLIME Mi mejor amigo me invitó a tomar una copa a uno de esos lugares con grandes carteles iluminados de rojo y neón en la fachada. Una vez dentro, una walkiria, de las de verdad, dijo que le gustaba mi piel, que ella venía de un pueblecito cerca de Moscú y que allí no se ven hombres tan morenos. Sus ojos azules como el Volga, su pelo dorado, su sonrisa y sus exuberantes transparencias, me tenían fascinado. “Por ser tú, te lo dejo en cincuenta euros”. “Sólo tengo quince”. “Tu amigo te puede dejar prestado”. “Para otra vez será”. “No estaré. Mañana me envían a otro lugar“. De regreso, ya en casa, me pregunté por qué lo sublime tiene que tener precio.
¿QUÈ ME DICES, CORAZÒN?
Me llamo Esmeralda, unos creen que soy japonesa, otros que china, y algunos que peruana. En realidad soy filipina. Mis papàs eran camareros en la residencia de la Embajada de España en Manila. Trabajo a comisiòn. De lo que tomemos, los dos juntos, gano el cincuenta por ciento. Sabes que me gustas y yo se que te gusto. La forma que tenemos de mirarnos lo dice. Puedes besarme donde quieras y yo a ti, excepto en la boca, claro. Iremos a aquèl rincòn oscuro, iluminado ùnicamente por la lamparita de luz roja. Es como si hicièramos el amor sin hacerlo, ya sabes. Tienes que decidirte. Si no me invitas tendrè que buscar a otro. Necesito ganar para comprar los Reyes Magos a mis niños ¿Què me dices, corazòn?
PARAÍSO
Adán y Eva caminaban cogidos de la mano por el sendero que les llevaba hasta el mirador que daba al lago más azul. Tan ensimismados estaban en sus pensamientos que ni siquiera se daban cuenta de la música de los pájaros.
Eva dijo: La serpiente parece que se quiere quedar a vivir con nosotros. Parece tan simpática...
Adán contesto: No te fíes, una serpiente siempre será una serpiente.
TOQUE DE QUEDA Dije: quédate. Se quedó y la toqué.
LA MUSICALIDAD
Al joven poeta le dijeron que sus poemas parecían prosa, que les faltaba musicalidad. En una tienda de música compró una armónica.
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COMO JOHN WAINE
I
Desperté en una mesa de quirófano. Sé que es un quirófano por la cantidad de aparatos, cables, tubos por todas partes, esa cosa tan enorme y brillante que debe ser una lámpara, la gente que habla a mí alrededor vestidos como médicos y enfermeras. Todo hace pensar que es un quirófano, porque los he visto en películas y eso. Hablan entre ellos y parecen no darse cuenta de que soy un ser humano. Los hombres dicen algo sobre la mala racha del Madrid y las mujeres comentan acerca de las rebajas. Una afortunada bromea sobre un poema de amor que alguien le ha dedicado. Qué cosas.
- ¿Cómo se llama? - Elisa Castelo Redondo. - ¿Elisa Castelo Redondo? - Sí señorita. - ¿Cuántos años tiene, Elisa? - Ochenta y ocho cumplí ayer, precisamente. - Está muy guapa, Elisa. - Lo normal. La guapa es usted, que es joven. - Se le ha roto una cadera y la vamos a operar. - ¿Una cadera? Me lo imaginé, sentí como que algo se me rompía. - No se preocupe. Voy a ponerle la anestesia, no haga nada y déjese llevar ¿De acuerdo, Elisa? - Sí señorita. Lo que usted diga.
Un líquido frío, muy frío, corría dentro de mis ojos, o de mi garganta, no sé, como si fueran lágrimas de hielo que se me escurrían por dentro y yo tragaba. Me puse a pensar en cómo había llegado hasta este quirófano, me imagino que del hospital de León por lo de la ambulancia y los destellos de la sirena roja en medio de la noche de lobos.
Mientras notaba fluir las lágrimas frías, pensaba y pensaba. Vivo en una residencia de ancianos de La Bañeza. No me tratan ni bien ni mal. Como de lo que me ponen a las horas que me dicen y hago lo que me mandan, sin una palabra de más ni de menos, procurando no destacar y ser invisible. Llevaba unos días que la pierna derecha parecía no tener fuerzas y cuando iba, poco a poco, hasta el salón de la tele me vino a la cabeza como un mareo. Cuando me di cuenta estaba en el suelo y noté un chasquido dentro de uno de mis huesos, como cuando se astilla un palo.
Pedí ayuda: “ayudadme que me caí, ayudadme que me caí”. La gente pasaba a mi lado, al menos tres o cuatro, bien sé quienes, y no me hicieron caso. Como pude, me las arreglé para arrastrarme hasta el sofá viejo del rincón. Con las manos bien agarradas, conseguí medio echarme en el desollado tresillo de piel. Cuando llegaron las enfermeras, que parecen tan buenas pero que se las traen, a las pruebas me remito,... dije: “ayudadme que me caí y me duele mucho en esta parte, ayudadme, ayudadme”. No se enteraron o no se quisieron enterar. Pusieron sobre la mesita que hay junto al sofá, un tazón con cola-cao y unas galletas maría y se fueron. Esforcé el grito y pedí una y otra vez que me ayudaran pero no me ayudaron. Ellas a sus conversaciones y yo allí, abandonada como un perro muerto.
Pasó a mi lado un compañero que está mal de la cabeza, cuando quiere, como todos, y dije: “Gordito, Gordito, ayúdame, por favor, ayúdame por favor”. No me hizo caso a pesar de que sé que me vio y que me oyó. Mi voz no es como para cantar en la radio porque ya soy mayor pero no tan delgada como para que no me oyeran las enfermeras y el Gordito.
Menos mal que un señor muy atento, que estaba de visita, oyó mis súplicas y me pudo incorporar un poco para que cambiara de aquella postura en la que veía las estrellas de dolor y dio el aviso a una enfermera que pasaba por allí.
Ahora me deben estar cortando la carne porque sale sangre y me corre por la piel. La noto fría y espesa como leche condensada. Hablan de sutura y de tijeras, algodón, agua y más agua, oxigenada, supongo, y de cortar un poco más adentro, de un tornillo y de no sé qué más del Madrid. Oigo casi todo, pero prefiero que se crean que no escucho. Me imagino que quedaré coja o, tal vez, cuando despierte ya no tenga pierna. No sé. Noto hormigueos, espasmos extraños por todo mi cuerpo y temblores en las manos. Una pierna está dormida, como acorchada, muerta, y los dedos de la mano donde me clavaron la aguja del suero se mueven a su aire, incontrolados ¿Me moriré hoy mismo? A lo mejor, pues mira, tal día hizo un año.
Mis hijos me metieron en la residencia porque están a sus cosas y no me pueden atender, dicen. El mayor ocupa un puesto importante en Hacienda, en Madrid. Se llama Heliodoro, está casado con Angelines y tiene dos niños: Jacinto y Roberto. La segunda se llama Hermelinda, aunque la llamen Linda, está casada con Tomás, que trabaja en la FASA de Valladolid y tiene un chico que se llama Jorge y una chica que se llama Elisabeth, que no es lo mismo que llamarse Elisa, como yo, pero como son tan modernos, ya se sabe... La hija pequeña vive en Londres, creo. Se llama Evangelina, pero todos la llaman Eva. Esto son ejercicios mentales que hago para no perder el juicio.
Evangelina, la pequeña, la mimada, cuando cumplió dieciocho años se nos fugó de casa dejando una nota: “Me voy, estoy harta. No aguanto más. Ya sabréis de mí cuando tengáis que saber”. Llamó un día, después de casi dos años de darla por perdida, y dijo que acababa de tener un niño que se llama John, como su marido o querido o lo que sea ¿John como John Wayne?, Pregunté entre lágrimas. Sí mamá, John ¿Me perdonáis, mamá? Claro que te perdonamos, hija mía... Evangelina... Dime mamá ¿Sabes una cosa? ¿Qué, mamá? Tu padre ha comprado un tractor, un Ebro azul... Dale un beso a John Wayne, de parte de sus abuelos de España. Adiós hija y llama o escribe, no nos vayas a tener otros dos años de calvario. Vale mamá, lo haré. Os quiero”.
Hace mucho frío y esta gente no me termina.
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POR ESTAS SOMBRAS CAMINABA YO
Por estas mismas sombras caminaba yo ensimismando descubrimientos y mariposas. Allí, donde ahora reposan los bancos de hierro, había una fuente con siete caños y una estatua. Tenías que haber visto su caudal y frescura.
En este jardín, donde ya no quedan negrillos ni glicinias, tuve las primeras conversaciones de escotes y susurros. Una noche me encontraba con la luna, otra con la alondra y las mañanas, las pasaba traduciendo el lenguaje de las nubes. Eran tiempos de desasosiego y ceguera, de rebeldía.
Aquí, en este mismo sitio, una vez encontré un tesoro, lo llevé a casa como si fuera a ser mío para siempre y al día siguiente, mientras contemplaba su desnudez, dijo que la vida es un viaje y se apagó como una brasa. Así son los sueños, así se fugan las estrellas, así se muere.
Era el trece de Septiembre, bien que me acuerdo, cuando preguntó, junto a esta muralla, por la catedral y por el tiempo del musgo y de las flores en la piedra. ¿Me creerías si te dijera que comprendí lo que significa el resplandor de la belleza y la simiente de la soledad?
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TE ODIO AMOR MÌO
Han pasado muchas cosas desde ayer, amor, y te las escribo con pluma de ave de Valparaíso. Es terrible la vida y la sensación que me asola día y noche y que soporto en la vida real. Mi señor, aquí nadie me entiende exactamente.
Las compañeras gheisas se solazan durante el día y por la noche me poseen antes de que sean poseídas. Y me gusta pero me duele, porque falta amor. Los hombres que me penetran cuando les place no me dicen ni una sola palabra sincera.
La joven descendiente de cortesanos, la bella Larios, me ofrece sus pezones pero la rechazo porque aún es una niña. Sola estoy íntimamente. Pasa el día y no vienes, pasa la noche y no apareces. Te odio.
Te odio con todas mis fuerzas, te odio tanto, amor mío, si tu supieras de lo inmenso. Porque va para tres años que me dejaste con la palabra “volveré“ en tu boca... Prometiste arrancarme de mi infierno.
Te odio porque no me hablas de tu país de tu casa, de tus hijos, de tu esposa. Me tienes sometida con el pensamiento y no te portas bien conmigo. Desfallezco. No resisto este martirio de no tenerte.
Eres mi señor, el más odioso de los hombres, el más maravilloso que conocí jamás y no vienes, no me correspondes. Anoche tuve una hemorragia de muerte y de no ser por la alondra habría muerto.
Y tu no estabas, nunca estás y te amo, te amo con toda mi vida pero no te noto ni vendrás por mucho que te espere. Te odio amor mío, te odio de tanto amarte, de que no me penetres ahora mismo, por favor.
Esta es la despedida de tu amada Kiro Hito, de tu mujer exótica, de tu mujer ebria de amor por el hombre que más me hizo temblar y más me enseñó de mi misma y de ti, mi dios. Yo, Kiro Hito, te olvida a partir de este instante.
¿Notas el fluir del agua en el riachuelo? ¿Notas el desfile leve de las nubes? ¿Notas cómo me llora el alma al pensarte? Lo vivo y no te tengo aquí para vivirlo juntos. Te odiaré para no dejar de amarte. AMOR.
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CARNE VIVA QUE ME ESCLAVICE
Señor, inícieme al secreto de la vida.
Espero abierta a la posibilidad de sus dedos y caricias en la columna que vertebra confianza en su lengua lamiendo el mapa de mi territorio.
No tarde, señor, en mostrarme su sabiduría.
En la súplica, en el ruego de que me entregue hasta el arañazo y la sangre en la espalda, hasta el grito y la mordedura, que es beso.
Me concedo, a usted, ilimitada en entrega.
Sin espacio, o grieta, entre la raya del placer y el dolor de esta ceguera ante el naufragio de las sabanas revueltas de heridas y susurros.
Venga en cuanto antes a la celebración.
Sea rápido en el tacto de estar conmigo, abrazado y brioso corcel del que beber la venturosa ceremonia de sus impulsos.
Llegue a la llaga, por favor, besándome.
Quiero gustarle infinitamente, para siempre, tan para siempre como la eternidad juntos y celebrar los instantes que el tiempo invente.
Le deseo como troncos abrazados ardiendo.
Desnuda de prejuicio y recato de atadura, libre como hoja seca de otoño y sedienta de su carne viva que me esclavice a muerte.
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EL ALTAR DE LAS VELAS.
Al altar donde tengo la velas y su foto he añadido una flor de jazmín luminoso. Me he despertado recuperada y lúcida como una lamparilla de aceite de sésamo. Mi Señor, qué felicidad saber que existe.
Mi Señor que vive tan lejos, que me instruyó y se fue de aventura por la lejana España, tengo que contarte que no vivo sin poesía, ni sin el efluvio de los abanicos de Yasiro. Yasiro me abanica mientras beso a Jusy.
Y Yusy es besada por Kiri y abanicada por otra, hacemos un tren de mujeres amándonos para deleite de los hombres de traje que miran. Cuando se van, vienen dos que me aman y así soy amada por ellas y por los que se le parecen.
Trato de evitar la ebriedad y el opio pero a veces se me va la mano para que no duela ésta soledad y su ausencia, mi Señor. Si viniera ahora me vería feliz y húmeda con sublimes deseos de que me tenga.
Le amo mi Señor y quiero ternura y serenidad, le necesito mientras trabajo horas y horas instruyendo a las jóvenes principiantes. De todas ellas mi preferida es Larios que ya tiene botones erectos en el pecho.
Se lo cuento, mi Señor, para que lo sepa. Ser lo que me ha tocado ser en la noche es similar a ser esclava de pensamiento y mis actos íntimos en mi tatami oscuro van dirigidos a su aliento que me penetra.
Si supiera lo que es sentir esto que siento... lo dejaría todo y vendría a buscarme. Pero sólo soy una pequeña diosa de la entrega ofrecida a todos y a todas para que me vivan plena del gozo que a usted le entrego.
Ponga sus dedos dentro y vea que es cierto, que no finjo, que no engaño y que quiero quererle mientras viva, aunque jamás le tenga. Se que está pensando en mi, que ama el amor con el que le entrego ésta gloria que me viene.
¿Nota el fluir? ¿Nota el olor de las velas? ¿Nota el calor de mis suspiros bebiéndole? ¿Nota la luminosa luna en mis pechos? Pues no se demore y entre en mi que me puede llegar otro y otro. VENGA.
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¿TE GUSTA ESTA BRISA OLOR A FRATERNIDAD?
Desde el banco en el que estábamos sentadas, la señora Januri y yo, se veían los edificios de enfrente casi de arriba abajo. En el Polígono Industrial eran todos similares en diseño y dimensiones y la perspectiva de la ancha calle mostraba la belleza arquitectónica del conjunto. A lo lejos, se insinuaba una cordillera y alguna montaña con la cresta nevada. En contadas ocasiones se llega a ver el monte sagrado Fujiyama, pero por el lado opuesto. Estos jardines, vistos desde arriba, se asemejan a un tablero de ajedrez por el contraste de los colores entre las diferentes secciones de los áticos, dijo ella.
De mi bolso, de piel damasquinada, saqué el Fortuna mentolado y mi mechero Robson de oro. Le ofrecí un cigarrillo a la señora Januri que cogió en sus manos como el niño que coge un gorrión. Sonreía y casi acariciaba el cigarro mientras lo contemplaba. Ofrecí fuego pero no quiso. Miró su reloj Toyota de titanio y dijo: Cuando pase el tren elevado de las 13 horas nos vamos ¿Te gustaría escuchar una historia personal? A veces necesito que alguien me escuche. Me quedé mirándola sorprendida. Mi desconocida anfitriona y superiora, estaba a punto de contarme una confidencia, tal vez para romper la frialdad entre nosotras durante el largo periodo de convivencia que nos convertiría en inseparables. Asentí con la cabeza y encendiendo mi cigarrillo, respondí: Claro que sí, con mucho gusto, señora Januri.
Verás, Elisabeth: Mi marido y yo somos neurocirujanos especializados en ciber robótica. Yasunari, mi marido, trabaja en la Sanidad Pública y yo, como ves, en esta multinacional, donde llevo casi tres años, pero antes me gustaría hacerte una pregunta: ¿Como se dice I love you en español? Sonreí. Se dice: “te quiero”. La señora dijo: Ti quilo. No, ti quilo no, te quiero. Te quelo. No, te quelo no. Te quiero, repetí. Ella dijo: Ya se: Te quielo. Bueno más o menos y por primera vez nos reímos las dos como dos amigas de toda la vida.
La señora Januri cambió el gesto y dijo: Yo era muy joven. Estudiaba en la Universidad Medicina y había un muchacho que siempre hablaba conmigo. Juntos hablando y hablando el mayor tiempo posible. Él también fumaba, como yo. Muchas veces compartíamos el mismo cigarrillo y otras veces él me encendía el mío y se me quedaba mirando embobado y me decía “que bien fumas Januri, pareces una actriz americana” y cosas así. Cuando empezamos segundo curso él ya no fumaba. Poco antes de acabar la carrera de Medicina me dijo que se quería casar conmigo. Me puse muy contenta y le respondí, muy emocionada y eso, que si, que le aceptaba como esposo porque le quería. Acordamos casarnos nada más terminar la carrera. En un momento dado, sentados en un banco en un jardín, cerca de mi casa, me dijo que tenía que dejar de fumar. Que no le gustaba mi olor a tabaco. Me quedé seria y triste a la vez, porque me parecía una imposición más que una sugerencia. Dejé de fumar por amor, podría decir. Todo nos iba bien así que acabamos la carrera, enseguida nos dieron trabajo en un hospital gubernamental y al poco tiempo nos casamos. Tenemos dos niños, un niño y una niña. Dentro de muy poco los conocerás junto a mi marido. Hace quince días al guardar un traje de mi marido en el armario, le encontré un paquete de tabaco sin empezar. Le pregunté que si había vuelto a fumar y dijo que no. Al comentarle lo del paquete de tabaco que tenia, en la chaqueta del traje, contestó que era para un compañero de trabajo. No le creí. Mi marido tiene una amante que fuma y muchas veces llega a casa con su traje oliendo al tabaco de la otra. A mi no me quiere si fumo y a la otra si ¿Cómo explicas eso? No me contestes y espero que guardes este secreto.
La señora Januri me pidió fuego. Exhaló una bocanada de humo con suma delectación y estuvo a punto de llorar pero no lo hizo. Que absurda es la vida Elisabeth. Según un estudio reciente el cincuenta por ciento de los suicidios que ocurren en mi país son de personas que han dejado de fumar. Hablan de más de 5000 suicidios al año en todo el país. Elisabeth, a veces te contaré cosas personales que necesito contarle a alguien y tu, mucho más que yo, por estar en un país extraño para ti y más ante la implantación del Sistema, vas a necesitar tener una amiga. Piénsalo ¿O. K.?
¿Cómo es posible que en su país, que se conoce como el más evolucionado del mundo, se suicide tanta gente? Es fácil: La evolución significa avance, conocimiento, mientras más conocimiento, más desconocimiento y mientras más desconocimiento, más frustración. La gente no puede soportar lo poco que sabe de las cosas de la vida y no hablo solo de desconocimientos culturales. La ignorancia es la reina del ser humano ¿Cómo se explica que en 2030 haya guerras y más guerras, hambre y más hambre? ¿Cuándo tendremos un mundo que nos permita ver las noticias sin sobresaltos? Tu, Elisabeth, eres una privilegiada al haber sido elegida la primera mujer como Concesionaria Embajadora, para España, de nuestro C. I. P. O. Serás la primera española injertada y menos infeliz porque no tendrás que preocuparte por la falta de dinero. Viene el tren y tu y yo nos vamos juntas a comer a mi casa.
¿Te gusta esta brisa con olor a fraternidad?
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